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EL DIABLO ESTÁ ENAMORADO

RAKEL LUVRE

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León Du Pac, el hijo mayor del Duque de Somerset salió furioso de su habitación. Sí, furioso porque ha tenido que contraer matrimonio con una mujer que no ama y que, además, odia. No quería casarse, pero su padre lo ha obligado y todo eso, porque está muriendo.

Cruza el pasillo hasta la habitación del duque como alma que lleva el diablo. Una doncella va caminando detrás de él con las sábanas blancas que indican que el joven León, ha desflorado a su mujer. Sí, anuncia que el matrimonio ha sido consumado. Estaba hecho, el hombre que dedicaba sus días a conquistas de una noche, a gastar la fortuna de su padre en apuestas, alcohol y mujeres de cabaret ha sido atado a la peor de las brujas de la gran sociedad inglesa; y todo a cambio de no perder su título, su herencia. Y, aunque, su hermano bien podría heredarlo, pues no le guarda ningún rencor ni envidia, las cláusulas del testamento de su padre han sido claras. Si él no cumple con sus obligaciones, entre ellas, casarse antes de que muera el duque y traer a un heredero al mundo antes de cumplir tres años de casado, los bienes del duque como también el título pasarían a manos de su hermano, Albert, pero él no podría darle, ni prestarle ni una moneda o también él perderá su herencia. Pasando todo, absolutamente todo, a manos del obispo.
Su padre había perdido la cabeza. En su testamento estaban las cláusulas para que sus hijos perdieran su herencia en manos de la iglesia, si es que acaso no cumplían con todos y cada uno de sus malvados caprichos. Lo odiaba. ¡Oh, cuánto León odiaba a su padre!

Irrumpió en la habitación, los clérigos arrimados como moscas alrededor de la cama del duque, tan cerca del casi inerte cuerpo de su padre, le ocasionó repugnancia y asco, un asco tan infinito que casi vomita a los pies de ellos.

De pie junto al poste de la cama, mira al decrépito anciano. La habitación olía a hierbas medicinales, a incienso, a pura ambición y muerte. El obispo estaba sentado a un lado de la cama tomando la mano del duque, rezando padres nuestros. León lo maldijo, no era justo que su padre muriera con la mano de Dios sujetando la suya, un perro mal nacido que había maltratado y golpeado a su esposa, la duquesa.

Hasta dejarla hecha papilla, no una vez, sino varias veces y solo por el puro placer de verla sangrar. ¡Oh, sí! Al duque le gustaba ver sangrar a su madre. A él lo había golpeado en varias ocasiones con la fusta que guardaba en el cajón de su despacho y que únicamente utilizaba para esos días en los que, León o su hermano Albert, no llenaban sus expectativas. Demasiado ruido en la mesa, demasiado parloteo, demasiadas risas, demasiados tartamudeos, demasiada idiotez… ¡Demasiado nada!

El duque golpeaba y hacía sangrar por nada. Hasta que un día su madre no lo soportó y ella se suicidó. Se lanzó de la torre del castillo luego de que el duque la forzara y la golpeara. Ella no soportaba más la vida a su lado. Era un infierno y ¡vaya que lo era! Tanto así que su madre decidió arder en el fuego eterno del infierno que vivir con su padre. Que verlos crecer y protegerlos. Pero no la culpaba, claro que no. Tampoco la odiaba. No podría hacerlo cuando él estuvo allí, escondido debajo de la cama escuchando a su madre, suplicar que no lo hiciera, escuchando cómo su padre la degradaba y la golpeaba y lamía su sangre solo porque era un maniático del dolor. Un sádico. Estuvo allí padeciendo el dolor y gritos de angustia de su madre. Él la torturaba y se regodeaba ante su sufrimiento. Y todo sucedió a su corta edad de nueve años.
Estaban en el castillo a las afueras de la ciudad, odiaba ese lugar. Era frío, con sus paredes de roca y muy oscuro. Su padre los había llevado allí luego de un baile en donde su madre entabló una conversación con un antiguo pretendiente y entonces, molesto, esa noche la golpeó y al siguiente día los hizo partir al castillo para alejarla del hombre que decía su padre, quería llevársela.

Luego de la muerte de su madre deseó que ella se hubiera fugado con él, como decía su padre que deseaba hacer. Aunque bien sabía que ella no los dejaría por otro hombre. Ese día, en el que murió, su profesor le pidió que repitiera los nombres de su árbol genealógico, y sus proezas.

Su padre había llegado temprano del parlamento, Lo vio sentarse en una esquina de la biblioteca para escuchar la clase, con la fusta en la mano, soltando levemente golpecitos a su muslo, como si estuviera esperando el momento para soltar su ira sobre él o su hermano que estaba tembloroso sentado en su pupitre revisando sus operaciones, una y otra vez. Solo para asegurarse de que no se había equivocado o él sería quien sufriera la mano dura de su padre por ser un estúpido. Por eso, su profesor le pidió que recitara algo que sabía de memoria, al derecho y al revés, una letanía que había practicado con su profesor para que no tuviera errores en una situación como esta y fuera golpeado por su padre… Pero en ese tiempo le temía tanto que lo olvido.

De pie, frente al profesor, con las piernas temblorosas, las manos a los costados y los dientes apretados, no pudo hablar, ni siquiera comenzó, porque lo había olvidado todo.
Su profesor cerró los ojos ante la primera equivocación, no como una muestra de empatía o dolor por él, sino porque si los niños fallaban él sería despedido. Y falló, León falló. Y, en el momento en que su padre se levantó de la silla y dio un paso hacia él, corrió. Corrió con todas sus fuerzas a la planta alta, hasta donde estaba su madre. Abrió la puerta con un estrepitoso estruendo, al verla corrió hacia ella y se arrojó a sus brazos.

Dos doncellas estaban detrás de la joven mujer, no sabía por qué, hasta que vio que, a su lado, en su mesa de noche había un cuenco de agua teñida de rojo y trapos que, una vez fueron blancos, estaban tirados a un lado de los pies de su madre.

Su madre, su bella madre de cabello negro, tan largo hasta las rodillas lo llevaba en una trenza a un lado sobre su hombro. Su camisón blanco bajaba por sus hombros y él no pudo hacer más que enterrar su rostro en su pecho. La olió, debajo del aroma a ungüento, estaba el aroma a violetas, su cabello olía a rosas. Y de pronto se sintió triste, muy triste. Ella acarició sus cabellos rubios como los de su padre y besó su frente. Seguro había visto el terror en sus ojos por lo que cuando escuchó los resonantes pasos del duque, ella le indicó que se escondiera debajo de la cama.

¿Qué clase de paraíso había en el cielo que aceptaba a estos hombres ruines y malvados? Si una vez le quedaba una pizca de respeto por la iglesia al ver al obispo rezar por él, conducirlo a las puertas del cielo dando su perdón. En ese momento, en ese preciso momento, la fe de León Du Pac se perdió en el odio que albergaba en su corazón.

Su madre no tuvo derecho a un sepelio digno y católico. Ella se suicidó. Ella iba a arder en el infierno. Pero, si ser perdonada por Dios significaba que estaría en el cielo a un lado de su padre, entonces, León agradecía que ardiera en el fuego eterno, bajo el cobijo del Diablo.

Su hermano Albert, estaba sentado junto a la ventana mirando el paisaje frío y las colinas y más allá. Su mirada como bien conocía León se encontraba perdida, tal vez en los recuerdos de tiempos mejores, tal vez recordando que del hombre fuerte y maldito que podía tocarte y dañarte físicamente ya no quedaba nada y, sin embargo, todavía, así como estaba, postrado en esa maldita cama sin poder moverse, lo dañó hasta la muerte. Atándolo de por vida a esa terrible mujer. Para recordarle todos los días quién fue su padre y de lo que fue capaz de hacer.

—Allí tienes la prueba de que he cumplido mi parte ―dijo León con voz oscura.

EL anciano medio abrió los ojos brillosos, respirando trabajosamente. Ambos se miraron. Luego, el hombre maldito, dejó de respirar. Murió. Sí, lo hizo, así de simple. Y León no sintió nada. No había dolor, no había rabia, ni odio.

Miró a los sacerdotes que intentaban seguir rezando por él. Los vio, sus rostros molestos y decepcionados porque ellos realmente no creyeron que León Du Pac lo hiciera, casarse con la señorita Hanna.

Hanna se encontraba de espaldas, recostada en la cama. Su esposo León había intentado por poco tiempo, encenderla, pero cuando se miraron a la cara supieron que no lo lograría, por más caricias a su sexo que le propinara no lo lograrían. Ella no lo amaba, solo se casaba por el título, porque su familia estaba en la ruina.
Él, también se casaba por el título. Así que ella aspiró hondo y le ordenó que lo hiciera. Qué la tomara. León se tocó un momento con los ojos cerrados, pensó, que seguramente pensaba en alguna otra mujer y luego los abrió para acomodarse y enterrarse en ella para cumplir con su deber de desflorarla. Y para no volver a repetir, seguramente, no se retiró hasta que soltó su semilla dentro de ella.

Hanna, mantuvo su rostro oculto en el cuello de León hasta que él terminó. Luego él intentó ser gentil bajándole las faldas de su vestido, no sin antes quitar la sábana blanca que estaba debajo de sus caderas absorbiendo la sangre de su virginidad. Después lo vio salir hecho una furia, una que iba en contra de su padre. Una doncella tomó la sábana que León le había quitado y la colocó en una charola para llevársela al duque como muestra de que su unión había sido consumada.

Un momento más tarde, su madre, entró a verla. Fue en ese instante que soltó a llorar, no porque él le hubiera hecho daño, le constaba que quiso ser gentil, incluso, se lo dijo al principio.

—Intentaré ayudarte a llevarlo con el menor dolor posible, pero necesitamos apresurarnos o perderemos el título —le había dicho él. Por eso, ella le había pedido que lo hiciera, que no esperara a que se tranquilizara e hiciera llevadero el proceso. No podría ser de otra manera. Ella amaba a otro hombre. Y ahora le pertenecía a él, a un hombre que jamás podría amarla porque no era capaz de hacerlo. León Du Pac, no tenía corazón.

Después de que George Du Pac muriera, el nuevo duque León se encargó de que fueran destruidos los cuadros con la imagen de su padre. A la duquesa la envió a su casa veraniega mientras que él se dedicó a despilfarrar el dinero de su herencia. Su hermano Albert, era quien había tomado el papel de administrador de León. Y así León Du Pac recibió su nueva vida como el nuevo Duque de Somerset.

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