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LA IMPERFECTA ESPOSA DEL CEO

Sky1892

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El primer amor

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El primer amor
El vestido
Humillación
No es mi esposo
Rebeldes
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Estaban juntos en un camino tan tortuoso.

Gael es tan atractivo que no necesita fingir una pared helada para que las miradas tengan que caer sobre él, es decir, basta con observar sus ojos azules hipnóticos.

Él tiene un cabello rizado color castaño oscuro, un hombros anchos, unas largas piernas definidas como las de un atleta, unos rasgos fascinantes y un cuerpo esculpido por los mismos dioses.

Walsh sentía podía observarlo por siempre y no se cansaría, lo amaría, lo ha amado por diez años.

—Puedo dormir en la habitación de invitados —Alisha le propuso, viéndole regresar con un vaso de jugo en la mano.

—No.

Gael se negó.

—Es demasiado tarde para que finjas no conocer los términos del contrato. —su burla estaba palpable en cada palabra—. Eres una tonta —la ridiculizó.

Alisha fue obligada a firmar el contrato por su familia, por lo que no tuvo oportunidad de ver su contenido y no entendió qué tenía que ver con su cambio a la habitación de invitados.

—¿Por qué? —inquirió.

No entendía absolutamente nada.

Ella desea saber su intrigante respuesta, sin embargo, él se limitó a verse un vaso de jugo.

—Se está volviendo aburrida nuestra conversación. —dejando el vaso casi vacío sobre la mesa, se revolvió el cabello viendo a la persona que tenía frente a él—. Limpia el desastre.

—Consideró seriamente que eres un imbécil. —Alisha habló entre dientes.

Él bufó buscando las palabras más sabias para lidiar con esa obstinada persona.

Gael no le explicó nada.

—Ve a casa de mi abuelo por la noche. —dictaminó sin más.

Alisha al escuchar sus palabras se sintió preocupada porque no podía caminar de forma segura debido a sus lesiones.

—Sería mejor que no... —ella quiso negarse.

—¿Siquiera estás en condiciones para negarte? —Gael le preguntó, viéndole de una manera que no sabía distinguir.

Sentí un pinchazo atravesar mi corazón, quizás por quinta vez en el poco tiempo juntos.

Ese hombre podía tan frío si se lo propone.

No respondí, no había nada por decir, negué levemente dándole razón a sus palabras, estaba siendo una invitada temporal daba igual, no podía negarme. Él es el dueño y señor de esta hermosa residencia.

Siendo una persona universitaria, antes sus ojos no tengo tanto valor, él parecía darle poco valor a quien soy.

—Bien —ceder. Cuántas veces tengo que caer ante las garras de esta persona. Mostré una débil sonrisa, él pareció satisfecho, se metió las manos en los bolsillos andando hasta las escaleras.

Le vi subir escalón por escalón.

Un vacío comenzaba acrecentarse en mi pecho, aquí era una persona más, alguien que solo tenían para el cargo de esposa. Gael no sentía lo que él causa en mí.

Apreté las manos haciéndolas puños dejando mis nudillos blanquecinos, ese hombre era cortante, aunque podría caer muchas entre sus filos solo para cruzar unas pocas palabra con él.

Debía ser obstinada de principio a fin, no lo sabía, me enamoré de él hace diez años. Lo he amado tanto que siento que duele. Gael es el hombre que he esperado por diez años.

Hice mi camino subiendo los escalones tan lentamente.

Entre al pasillo y fui hasta la habitación.

Dejé mi cuerpo sobre la cama, arropándolo entre las sábanas, cerré los ojos.

—Ey —no sé en qué momento había me había quedado dormida, lo único que captaron mis ojos al abrirlos fue aquel azul marino en los contrarios—. Prepara algo de comer.

—No hay nada en la despensa. —mi voz se oía un poco ronca, todavía estaba un poco aturdida, él estaba muy cerca.

—¿Nada? —empezaba confundirme esa manera tan cambiante en su actitud, podía ser frío y cálido, me senté quitando parte de las sábanas que cubrían mi cuerpo—. Lo han comprado hoy.

Llevé una mano hacia mi ojo izquierdo tallándole un poco, parpadeo, quería aclarar esa imagen de él que parecía borrosa por el sueño.

—¿Hoy? No ha venido nadie —declaré lo obvio.

Estuve todo el rato en casa y nadie se había aparecido, así que si tiene alguien encargado de las compras.

—Es raro —habló en voz baja. Gael alejó su rostro del mío—. Da igual, ve hacer algo de comer.

—Contrata empleados. —resolví volviendo a colocar las ropas de cama sobre mi cabeza, no quería oír su palabrería, tenía demasiado sueño para prestarle atención—. Es muy fuera de presupuesto, Señor empresario.

—Acaso no será eso la vergüenza para mi esposa —su voz se escuchaba levemente alzada de tono—. Levanta, tengo hambre.

—Te gusta tanto molestar —me quejé.

Retiré por completo las sábanas, cansada de su estresante actitud terminé levantándome, cocinar debía ser un mal chiste, no había nada en la despensa, lo poco que podría darle sería un huevo entero.

Gael podría ser un poco ¿infantil?.

No era frío hace un momento.

Bufé.

Anduve con pasos lentos hacia la cocina en la planta baja, cocinar no era un reto, vivir en el campus de la universidad había hecho que adquiriera algunas habilidades.

Llegué encendí la estufa y coloqué una sartén sin saber lo que habría por cocinar.

—Quiero pasta con trozos de pollo —su voz me tomó por sorpresa mientras abría una gaveta de la alacena, ni siquiera le escuché entrar.

—Si quieres ordenar, ve un restaurante —indiqué. Viéndole por sobre el hombro, Gael estaba sentado tras la isla que parecía una barra en la cocina, ahí estaban unos taburetes de madera—. No sientes miedo, puede ser asqueroso.

—Te haré probarlo antes de comer —él se acomodó su camisa—. Si tú sobrevives, entonces, lo comeré.

—Me llamas para intimidar —achique mis ojos sin apartar la mirada del joven que parecía ser un poco infantil—. Williams, estás aburrido. En su grandiosa empresa no tiene algo mejor para hacer.

—¿Quieres cocinar o hablar? —en su voz se escuchó la impaciencia, podría esta persona ser bipolar. Empecé a considerar que me gustaba su manera de dividirse lo cálido y lo frío, realmente volvía hacer que me enamoré por segunda vez—. Date prisa.

—Aquí no hay... —al desviar mi mirada hacia el gavetero de la alacena me sorprendí encontrar las compras de las despensa, en la mañana no había nada—. ¿Cómo? ¿Quién lo ha traído? —me giré atónita hacia él.

Gael mostró una sonrisa con suficiencia.

—Se está quemando la sartén —le vi hablar entre dientes con su mandíbula tensa—. ¡Puedes hacer algo de comer!.

—Te encanta gritar —frunciendo el entrecejo tomé caja de pasta y echándole una jarra de agua en otra olla, mezclé unos unos en un bol y los lancé en la sartén—. Si tienes tanta hambre deberías hacerlo tú, un empresario debe ser multi-fase...

—Agrega un poco de perejil —ignorando mis palabras, él simplemente lanzó una orden tras otra.

—En serio, no quieres cocinarlo tú —indignada con su actitud de jefe, seguí sus instrucciones tal cual las indicó.

En ese momento creía que si estaba jugando, aunque muy en el fondo parecía que realmente sabía hacerlo, tendría tanto tiempo libre para saber cocinar un plato sencillo. Era un poco ilógico, ese hombre sabía más de negocios y oficina que de sartenes y comida cacera.

—Ves no es tan difícil.

Gael tomó unos cubiertos agarrando un bocado directamente de la olla, una sonrisa surcó mis labios al verle tan relajado, estaba acaso quitando sus barreras.

—¿Sabe bien? —pregunté con dudas, quería saber si había logrado un platillo a sus expectativas—. Es realmente bueno.

Gael se llevó una mano al pecho.

Una ansiedad creció en mí al notar aquella incomodidad.

Le vi atragantarse mientras luchaba por llevarse aire a los pulmones, se veía sofocado, en ese instante mis sentidos se activaron máximo, rápidamente quise rodear la isla queriendo ayudarle terminé tropecé y cayendo al piso.

Cuando me levanté le vi riéndose.

—No es gracioso —bufé, levantándome por completo, descubrí esos hermoso ojos sonriendo en media luna. Una sonrisa se dibujó en mis labios, podía esta persona ser tan única—. Le ha conmovido tanto mi cocina que no puede frenar su alegría. —me incliné sobre la barra viéndole fijamente.

Gael limpió las esquina de sus ojos.

—¡Oh! ¡Cuanta humildad!

—Lo aprendí del mejor —le hice una mueca, él negó para sí.

—Tengo que conocer una universitaria egocéntrica —Gael se quejó limpiando con una servilleta los restos de comida de su boca, puede esta persona darme tan buenos momentos, trague saliva, creo que me fascina su mirada—. Que fastidio. —sus ojos azules se posaron sobre mí, haciendo que sonriera involuntariamente.

—Señor empresario, no trate de fingir. mordisqueo mis labios queriendo ocultar mi sonrisa—. El teatro se le da fatal.

—A ti cocinar —él sonrió de labios cerrados.

Abrí mi boca indignada.

—Dar unas cuantas indicaciones no es cocinar —refute. Gael estaba tocando mi médula sensible, cocinar no se me daba bien pero cocinaría lo más decente que podía.

—Nunca dije que supiera hacerlo —su respuesta me aturdió.

Es cierto, él nunca dijo que sabía.

—Lo que sea —rodee un poco la barra dispuesta ir hacia la habitación, mi pie dolía. La herida estaba recién y los puntos podrían abrirse—. Limpia tu desastre. —repetí sus mismas palabras de hace un rato.

—No vas a comer.

Gael me detuvo del brazo.

—No tengo hambre —respondí soltando el agarre de mi brazo, él asintió no muy convencido pero igual me dijo ir—. Termine su comida.

Regresé sobre mis pasos hacia la habitación principal.

No había transcurrido mucho cuando Gael volvió atravesar, nuevamente, la puerta.

Gael le entregó un vestido a Walsh, pero había elegido uno corto.

—¿Qué es esto? —observé aquel vestido que parecía un trapo de tela negro, era tan diminuto que me llegaría por los muslos, había enloquecido—. Es una broma, ¿cierto?

—Lo que usarás esta noche —Gael se veía serio al referirse ir a la casa de su abuelo, habría algo interesante en aquel lugar. Él quería que usará esa pieza—. Recuerda llegar puntual.

—Viajarás en otro auto —desvié mi mirada hacia aquel hombre de ojos azules hipnóticos, él se giró encaminándose hacia el armario, siquiera sería una reunión tan importante para asistir juntos—. Olvídalo.

—Tengo un asunto que resolver —parecía sincero, él me vio por sobre su hombro con las manos en los pecheros—. Usarlo, tienes que llevar ese vestido.

—Siquiera es un vestido.

—¿Qué sería, entonces? —él frunció su entrecejo.

Gael era un hombre guapo.

Hacía palpitar tan rápido mi corazón.

—Un pedazo de tela inservible —respondí involuntariamente, no quería usar ese vestido, aunque en el fondo me disgustara que me ha regalado un pedazo de tela inservible, ante mis ojos es lo más hermoso que he visto, porque es su intensión lo que me hace sentir que puedo tener una oportunidad de que me ame.

Gael ignoró mis palabras.

Le vi agarrar un traje del armario, parecía un conjunto nuevo, desvié la mirada hacia el piso mientras él se despojaba pieza por pieza cambiándose en la habitación, sentí mis mejillas ardiendo en vergüenza.

—¿Por qué haces eso tan de repente? —le reproché.

Gael soltó una risa, una dulce risa que cautivo mis sentidos, me enamoré hace diez años y todavía me seguiría enamorando de él una y otra vez.

—¿Quieres que me cambie en el salón? —su voz cambió por un tono más serio—. Acaso no es esta la habitación.

—Al menos di me cambiaré —seguí contradiciendo tercamente sus palabras, da igual, sí aquí es la habitación. Se supone que para eso también se usa pero fue tan repentino, apreté el vestido entre mis manos.

—Si deseas ver, haz lo, seré generoso no te cobraré.

Gael se mofó, ese hombre es tan confiado, no tenía miedo en hacer una exhibición de su cuerpo.

—¡Pues cambia en la carretera! ¡Te parece! —le elevé mi rostro encontrando al joven Gael con los pantalones a medio cerrarse, tenía el torso descubierto—. ¡Exhibicionista!

Gael soltó una carcajada.

Mi rostro se sentía caliente.

—¿Por qué tan tímida? —Gael se acercó por un momento sentí mi respiración fallar mientras le veía pasar un brazo por un lado de mi cuerpo, seguí con la mirada sus acciones descubriendo que solo estaba comprando la hora en el reloj en la mesa junto a la cama—. ¿Qué? —su inocencia fingida me enfureció—. Decepcionada.

—¿Quién estaba espetando algo? —desvié mi mirada hacia el lado opuesto.

Gael se alejó.

—No me molestas cuando estás callada.

—¡Estás diciendo que soy ruidosa! —le aventé al rostro su tan inesperado vestido, ahora si empecé a sentir decepción—. Tú eres ruidoso!

—Corrijo, eres un dolor en el trasero.

—Tú eres exhibicionista que no tiene nada para mostrar —aunque elevé mi voz en demasía mis palabras con se coordinaron la expresión de mi rostro, sabía que debía parecer un tomate, sentía que moriría de vergüenza—. No sientes vergüenza —apreté mis nudillos.

—Estaría loco si sintiera vergüenza ante mi esposa —Gael se abrochó el pantalón, agarró una camisa y la fue abotonado lentamente.

—Señor Williams, es usted tan viejo para ser alguien tan confiado, no debería hacer ese tipo de bromas.

—Crees que soy viejo —él asintió—. Tienes razón, los niños deben quedarse en casa y dormir temprano.

Sentí que parece de la vergüenza al enfado en segundos, si sabía como sacar una persona de su cordura y no para bien.

—Vete a la mierda.

—Joven Walsh, es usted divertida.

—Cree que soy su entrenamiento privado —mascullé, ladeando una sonrisa, ese hombre que iba en los veintitantos, no sabía lo que hablaba, tener un buen cuerpo no lo era todo—. Señor Williams, es usted un poco infantil. ¿Realmente es un empresario?

—Tengo que ser un robot —el dueño y señor de casa, acomodó su ropa viéndose en el espejo—. Puede usted notar lo sensible que soy.

—Claro, tan suave como el piquete de una aguja —espeté tajante. Realmente sabe como cambiar mi buen ánimo por uno tan agrio, ese hombre de ojos azules marinos, es él de quien me enamoré.

Gael rió genuinamente.

Cuando terminó de cambiarse salió de la habitación, cerrando de un portazo.

—Imbécil —le insulté sin importar que no podría oírme—. Gael eres un imbécil.

Retiré el vestido de mi cuerpo.

Alisha miró la herida en su pierna y finalmente eligió un vestido largo decente del armario.

El camino fue extremadamente silencioso mientras el chofer hacía su trayectoria por la carretera en dirección a la mansión del Señor Williams. Ambos han viajado en autos distintos. Parecía que su amabilidad tenía un límite de tiempo.

Gael Williams es la persona de quien se enamoró, volverle encontrar se siente tan irreal, ella siente que cada día algo crece en su pecho. Alisha sonrió grandemente mientras observaba por la ventana del coche los autos pasar por su lado, se siente feliz.

Cuando Gael llegó a la casa de su abuelo, comprobó que Alisha no llevaba la ropa que había elegido.

Se quedó mirándole con frialdad.

—Me resultaba incómodo llevar un vestido corto —le explicó Alisha de manera apresurada.

Gael le advirtió con frialdad—. No tiene sentido expresar tu descontento de esa manera, a menos que quieras probar las consecuencia que no puedes afrontar

Walsh no tuvo tiempo de explicarse, y la puerta se abrió.

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